No hacer

Me reencuentro con Bartleby, el escribiente, pensando que ya lo conocía de antes. En sus primeras páginas pienso que sí, luego mi certeza desaparece, a medida que Bartleby se funde hacia la nada y acabo por cerciorarme, en el párrafo final, de que sí. A Bartleby lo conocía de antes.

Se ha usado su frase en muchas situaciones y contextos diferentes. Filósofos coetáneos la llevan en su camiseta, mientras salen en televisión, como si eso explicase algo sobre ellos, sobre sus ideas o sobre el contexto en el cual se encuentran. Al principio pienso que, en realidad, Bartleby trata de algo así: un hombre encerrado en sí mismo que no para de escribir, de trabajar. No puedo evitar ver nexos con Hamilton: An American Musical, hasta que la historia gira bruscamente en otra dirección. De repente, Bartleby decide que aquello por lo que vive, su trabajo, tampoco tiene sentido. Que nada lo tiene.

Así es como comienza el proceso de fundido a negro, la herramienta narrativa cinematográfica, de una persona. Bartleby se perfila en oposición a Lord Byron, citado en el relato, ya que no entiende de estilo, solo apunta a lo práctico. Copia papeles legales, tediosas fórmulas que se repiten sin final, documentos donde lo práctico y lo errático se confunden. Encuentro en Bartleby una justificación furibunda para mi deseo de ir reduciendo palabras, eliminar circunloquios, evitar expresar ideas, hasta que sea capaz de comunicarme solo con monosílabos.

Bartleby no es solo un relato sobre la ridiculez de disimular que se vive, sino también un alegato gigantes sobre existir por existir, sin objetivo, sin final, sin ocupar el tiempo con nada. Si medimos quiénes somos por qué hacemos, qué hemos hecho o qué tenemos planificado hacer, es porque así se nos ha impuesto, porque estamos ya en una carrera cuyo final es un barranco. No hemos creado verbos que impelen a la no-acción. Solo podemos montar unos encima de otros para significar el dejar de hacerno ir. Pero incluso esto implica una acción, aunque sea por pasiva.

Es revelador el subtítulo original del relato: A Story of Wall Street. La pasividad de Bartleby se muestra como el único comportamiento lógico en medio de Wall Street, donde vales por lo que tienes. Bartleby solo se tiene a sí mismo. Allí, de pie, mirando a las musarañas, en medio de la oficina, sin querer hacer nada. Quizá sin poder hacer nada. Quizá Bartleby ha leído a Kafka y lo ha entendido mejor que nosotros. Mientras que en algunos nos empuja hacia el no detenerse nunca, por miedo a caerse, Bartleby ha mirado a los ojos del abismo y este le ha devuelto la realidad que allí se oculta: su propio eco.

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Pro-logos

He perdido la capacidad de escribir. Lo habitual es que uno pueda escribir, lo complicado es que uno sepa escribir. Pero tener la capacidad para ello es, en cierta manera, lo básico. Quizá no sea tan fácil encontrarlo entre las oleadas de información que golpea esta costa a menudo, pero creo que la capacidad guarda relación con la consciencia. Saber qué lugar ocupa uno en el mundo, qué quiere transmitir, cómo quiere transmitirlo. Y aunque este proceso no esté planificado del todo, es cierto que se puede adivinar a una persona detrás del mismo. Llevo demasiado tiempo siendo incapaz de pararme para contemplarme, así que de ahí nace mi incapacidad. Puedo, esto es una muestra. , eso lo decidirán otros.

Empezaré por algo reciente que sí me ha impactado. Algo que, no sé cómo, ha pasado desapercibido durante dos mil años. He encontrado en Aulularia y Cásina, consideradas comedias, dos tragedias inmensas para los personajes, femeninos, sobre los que giran ambas tramas. En una, un anciano codicioso tiene una olla de oro a la que aprecia más que a su hija, embarazada tras una violación. El vecino, otro anciano, decide casarse con esta, sin saber que fue su sobrino el que la violó. En Cásina, un hombre pretende casar a su esclavo con el personaje de nombre homónimo para así poder acostarse con ella sin reparos. Su mujer, consciente de esto, intenta que sea su esclavo el que se case con la esclava.

Fedria, la hija de la primera obra, y Cásina, la esclava de la segunda, no aparecen en las obras. Fedria apenas tiene un par de líneas de diálogo. Cásina ni pisa el escenario. Son excusas. Meros artefactos para comenzar la trama. Al final el violador se decidirá a casarse con la mujer y Cásina resultará ser una mujer libre, pero eso poco importa para Plauto o para estos siglos de cultura. Tan cerca estamos de las frases, de intentar encontrar el significado preciso y exacto, que uno olvida por momentos los significantes.

Cásina y Fedria se encuentran fuera de la narración, distanciada de ella. Son Rosencrantz y Guildenstern, pero agraviadas por la femineidad impuesta. Al menos ellos, los secundarios de Hamlet, tenían una misión que llevar a cabo. Al menos pululaban por los recovecos de la trama, habitando zonas a las que no se acudía, pero existentes. Cásina y Fedria están recluidas, por el contrario, en las casas, mientras toda la obra transcurre en la calle. No son dueñas de lo público. Son presas de lo privado.

Encuentro ahí mi consciencia. La infame ignorancia me lleva a hombros hacia la capacidad. Resarcir a Cásina y Fedria -mejor sería que lo hiciesen solas- es ahora lo único que importa.