Ojos de topo

Jorge Luis Borges contempla con sus ojos de topo el amanecer del día en el que va a morir. Es 1986. La vista le resulta, por la fuerza de la costumbre, familiar. Ginebra. Un día claro en Ginebra. Comprende todas las lenguas humanas, hasta las extintas y las que aun están por inventarse, así que la adaptación en Ginebra no fue costosa. Creyó que era un buen lugar para retirarse. Pero no pudo retirarse, aun ni enterrándose en lo profundo de esa Europa que ama, pero ya no reconoce. Allí nació Otto Dietrich zur Linde, oficial nazi, encargado del campo de concentración de Tarnowitz. Borges lo conocía bien, hasta que lo mataron, por culpa de sus crímenes contra la humanidad, en el patio de una cárcel, antes de las nueve de la mañana. Debió ver un cielo como aquel. Borges nunca conoció en persona a Linde.

Me gustaría, con la magia tan terrena, tan rutinaria, de las palabras convertir esto en el final de un relato de Borges. De repente, aparece el narrador, aparece el mismo, el propio Borges se señala con el dedo y declara que todo aquello es una invención imposible, un reto que él mismo se ha impuesto y resulta ser incapaz de superar. Me gustaría salir yo y decir que, al igual que Aureliano y Juan de Panonia, somos lo mismo. No puedo, sin embargo. Consciente como soy de mi mortalidad, de mi humanidad, compararme como un ser alienígena como Borges sería una necedad.

Porque lo que hace Borges, en esos momentos donde se descubre el velo que escondía la narración, cuando muestra el trampantojo, es disimular. Disimula, como disimuló toda su vida, con esa cara de anciano, esos ojitos pequeños que se quedan ciegos paulatinamente, su propia historia. ¡Por supuesto que Averroes era incapaz de comprender el significado de tragedia comedia que aparecía en la Poética de Aristóteles! Fue a preguntarle al mismo Borges qué quería decir el heleno.

Y así sucede, constantemente, en Borges. Cuando parece que vas a descubrir su truco, su inmortalidad, aquella compartida con Marco Flaminio Rufo, desbarata todo para seguir oculto. Sacrifica la narración por su propio bien. Se enreda en laberintos con infinitas (catorce) puertas para que lo sigamos y nos perdamos con él. Conoce, y muy bien, el objetivo y el destino de Emma Zunz, pero lo escribe como si estuviese suponiendo. Ese dudar, ese aventurar que se muestra como humano, es una ficción en sí misma. No porque recreé un relato que nunca ha podido vivir, sino porque lo vivió, lo observó, lo sintió y ahora tiene que dotarlo de ficción para que se eternice. Si tan solo fuese una biografía, no legaría lejos.

No puedo saber cómo fue la mañana en la que murió Borges, si realmente lo hizo (cosa que varios de nosotros dudamos), porque tampoco quiero mitologizar un evento tan corriente, tan común. Siendo la muerte igual para todos, hablar de una muerte en particular es como hablar de todas. No tiene sentido, porque no es significativa. No puedo hacer lo que hace Borges porque yo no estuve allí, hecho crucial y fundamental para conjeturar. Él sí podrá hacerlo sobre mí, seguramente ya lo haya hecho, porque siempre ha estado, está y estuvo.

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