Hacerse

Se hizo viejo en el trayecto. Ahí está, de pie, con el desamparo acentuando sus jóvenes arrugas. Aun es imberbe, pero con cada metro que el tren avanza, algo negro le invade el alma. Nota el cansancio de los años que han por venir. Es incapaz de dormir. Su estomago se revuelve, nota arcadas que no deberían estar ahí. Así que se pone de pie y camina por el escaso compartimento. Apenas puede dar un par de cortos pasos. Va hasta la ventana y vuelve, hasta la puerta. Y viceversa.

Avanza a la par que el tren. Se mueve a doscientos kilómetros por hora en cada paso, escueto, sobre un suelo enmoquetado. En el compartimento duermen otros dos hombres. No los conoce. A partir de ahora no conocerá a la gente que duerme junto a él, que camina junto a él, que vive y respira junto a él. No es capaz de concebir esto. La soledad absoluta. De donde viene, la soledad no es posible en un espacio abierto. Rodeado de gente, siempre dispuesta, siempre atenta. Es aterrador, sí, pero conocido. Empieza a abrazar esta sensación allí. ¿Qué opinará la gente que duerme? No lo oyen, sus pies descalzos, sus pasos amortizados, pero seguro que pueden sentirlo, esa sombra que vaga, rebotando, en apenas dos metros. La maleta encima de un catre sin deshacer.

Es de noche y las figuras a través de la ventana solo se adivinan. Árboles cercanos, montañas lejanas, comparte espacio en el marco férreo que se desdibuja, estirado y deformado por la velocidad. Todo son indicios, señales, premoniciones de lo que queda por venir. Pero es incapaz de leerlos. ¿Cómo podría? Aun no ha crecido lo suficiente como para aprender ese lenguaje, el de signos, que se muestra al observador atento. Está yendo hacia ese lugar.

En cada golpe, cada sacudida por las vías, envejece. Su carne se reseca. Su respiración se vuelve ronca, cansada. Ya no llega el aire a los pulmones como antes. Ya se cae el pelo de la cabeza, más oscuro y seco que antes. Su piel se agrieta, sus ojos escurecen. Pierde audición. Cuando se desarticula todo el entramado físico, la psique lo sigue. De repente dar otro paso más se convierte en una odisea. Qué sentido tendría, se pregunta. A dónde me va a llevar, prosigue. Para qué, concluye. Empieza a perder sentido hacer nada, seguir allí, de pie. Comienza a pensar no solo de forma práctica, sino por defecto. Hacer lo que se debe hacer a continuación. Signifique lo que signifique.

Los demás hombres siguen durmiendo. Debería hacer lo mismo. Aparta la maleta, ni siquiera la baja. Tampoco separa la sabana o la manta. Está fuertemente remetida bajo el raquítico colchón. Solo se tumba encima. Se queda dormido enseguida. Por fin sale el sol, tras una noche eterna, golpeándole en la cara y deslumbrando su sueño. No se despierta. El tren no parece llegar nunca.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s