Un cosmos

Abrí un libro de música esperando encontrarme letras, algo familiar. En su lugar, solo había partituras. Páginas y páginas de partituras. Ni una sola letra, nada a lo que poder atenerme, mi mirada naufragaba entre renglones que no significan nada para mi. Era frustrante y, a la vez, encontré una cierta calma ante aquello incognoscible, inaccesible para mi. Supongo que todo aquello significaba algo, pero no tenía forma de adivinar el qué. Vibraciones en el aire. Fórmulas matemáticas complejas. Ritmos y tiempos. Variaciones mínimas en cuerdas.

No me atrevería, no soy tan timorato, a pronunciarme respecto a si la música es un lenguaje. Desde luego, aquellas partituras, poco más que jeroglíficos, contenían un mensaje, una ideología, eran pedazos de información. Pero no sé si eso es lo que define el lenguaje. Tampoco su concreción, aunque no creo que haya situación alguna donde todos entendemos lo mismo con las mismas palabras. Con la música no sucede eso, está claro. Alguien llora, alguien ríe, alguien está impasible, sobrio, frente a este pentagrama. ¿Acaso no sucede lo mismo cuando hablamos? ¿Es hablar un lenguaje o es el habla una forma chabacana de destruir el lenguaje? Cuando entonamos, remarcamos palabras, dejamos frases a medias, uno puede llorar, otro reír, otro mantenerse sobrio. ¿Podrían existir partituras para el habla?

Me siento tranquilo cuando escucho otro idioma. Al fin y al cabo, todos nos comunicamos con menos de medio centenar de fonemas. Nuestro oído está más o menos preparado, como nuestra lengua, laringe y cuerdas vocales, para replicar estos fonemas. Pero he descubierto, al mirar esas partituras, idioma alienígena para mi, que hay formas de comunicación que no me había planteado. Quizá no existen aún. No sé si serán todas variaciones, me pongo platónico aquí, de la misma idea. Observar una partitura, mientras alguien a mi lado sí sabe interpretarla y comprenderla, me hace pensar que hay muchos mundos distintos. Y todos están en este.

La persona que está a mi lado, a la hora de observar esos libros, podría ser cualquier otra persona. Podrías ser tú o podría ser del otro lado del planeta. La partitura se entiende, se lee igual. Entonces me surgen más dudas: ¿por qué nuestro lenguaje, el hablar, varia de forma tan drástica? ¿Qué, cómo, quién, por qué se ha estandarizado la música? ¿Es, por lo tanto, peor o mejor? ¿Define más o menos? Si nuestro lenguaje crea, en cierta medida, el mundo que nos rodea, al igual que el mundo que nos rodea altera nuestro lenguaje, ¿qué mundo crea la música y por qué mundo es creada? Delante de mi había estanterías y estanterías, llenas de cajoneras donde se guardaban las partituras. Y yo observaba el cosmos.

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