Reflexión inodora

Estoy vendiendo mi alma,
sutil y levemente,
en transitivo.
Estoy vendiendo mi alma
al mejor postor.
Que ni siquiera es el mejor.
La vendo en cubos, en onzas, en metros y hectáreas. La vendo en galones, ferrados, gramos y quilates. La vendo en toneladas, libras, millas y varas.
Vendo mi alma.
Poco
a
poco.
La vendo.

Summon

Encuentro en una canción escrita por un tal Gareth figuras que despiertan mi imaginario y me convocan a un mundo que ya he transitado pero había olvidado. Alejandra escribe cuatro versos, escasos, mínimos, y consigue derribar todo un imperio forjado con el paso de los años. Tengo la sensación de que todo lo que hago, otros ya lo han hecho antes, mejor, de forma más acertada.

El gran problema se encuentra en un número limitado, aunque inmenso, de posibles construcciones con estos fonemas y estas palabras en un contexto infinito: el tiempo. Ahora, estoy convencido de que todo lo que se podría haber dicho sobre mi, todo lo que he dicho sobre mi, ya se ha dicho antes de una forma mucho más certera y precisa que cualquier frase que yo pueda escribir. Por lo tanto, todo lo que tengo que hacer es investigar el tiempo, la historia, el pasado de la humanidad como un infinito retorno hacia mí mismo para encontrar la mayor descripción que se haya hecho sobre mis costumbres, mis maneras y mi psique. Así de sencillo.

El problema secundario respecto al anterior tiene que ver con el hecho de qué espero conseguir, entonces, con todo esto. ¿De quién escribo? ¿Para qué escribo? ¿Crearé tan solo trasuntos de mí mismo para disimular el hecho de que estos sosias ya han existido, ya han vivido, para ignorar el hecho de que nunca, de ninguna manera, puedo ser único, individual, distinto? No hay mayor rasgo de inmadurez que pensar en el sentir de uno mismo como algo exclusivo. Me temo entonces que todo lo que pueda decir, como un asistente a una fiesta a la que no le han invitado, será rechazado, despreciado por aquellos que ya lo sabían, que ya me habían conocido, aún con otro rostro y otro verbo.

Noto este bus como mi propio círculo del infierno. Cuánto más avanza, más crece dentro de mi este sentimiento de rabia, producto de mi incapacidad, mi indefensión contra mí mismo.

Supongo que tendremos que hablar de esto en algún momento.

Aliento

Levantarme ahora de cama se contemplaría, en el futuro, como mi mayor derrota. Nunca he sentido la necesidad de matar nada, de hacer daño a ser vivo alguno, pero empiezo a plantearme mi propia muerte. No en el sentido físico, sino en el simbólico. Dejar de ser lo que yo mismo siento que soy, lo que los demás creen que soy. Lo cierto es que este proceso de suicidio y resurección ya he intentado experimentarlo en diversas ocasiones. Nunca lo conseguí.

Me enfrento ahora a un problema mayor, sin embargo. Un personaje necesita algo, está buscando algo que ha perdido y, en una fracción de segundo, en el sonido de un trueno, lo ha vislumbrado en la lejanía. Da igual lo que es. Puede ser su tierra natal o un vellocino de oro. La única persona que tiene acceso a este caliz reconstituyente es otro personaje. Y hete aquí mi problemática: no puedo crear a este personaje. ¿Cómo hacerlo? ¿Construir un ser que de acceso a este protagonista, a este otro yo que he encontrado necesario recrear en otro plano de la existencia, tiene alguna lógica?

Sería terrible, por mis principios, llegar hasta algo así. Crear un esqueleto, introducir los órganos, rodearlo de músculos y piel, insuflarle vida, propelarlo al mundo. Y entonces crear su conscienca, y la consciencia que no tiene presente, darle una vida, un contexto en el mundo, hacerlo habitable de sueños, pasiones, ilusiones. Y lujurias, rencores, rabias, traumas. Nadie habita en el vacío.

Además, como colofón, concebirlo como guardián del objeto deseado, ese objeto que da sentido al mundo de mi protagonista. Sin él, estaría perdida. Estaría señalando, entonces, que cualquier posibilidad de cambio, de mejora, está dentro de uno mismo. Que uno es un infinito, es todas las cosas, tiene al alcance lo que se proponga. Siento que eso es una falacia. Solo sirve para engatusar a aquellos cuya esperanza se ha visto emponzoñada con promesas y juramentos.

Con esta sensación lucho a diario. Soy incapaz de moverme porque ello exigiría un conocimiento detallado, hasta la última celula, de los mecanismos en mi cuerpo que lo hacen posible. Cómo funciona el sistema linfático, el sanguíneo, qué tendón está conectado con qué muscúlo. No puedo dar vida si soy del todo ignorante de mi propia existencia, de mi propio lugar en el mundo y las circunstancias y efectos que esto tiene.

 

Ojos de topo

Jorge Luis Borges contempla con sus ojos de topo el amanecer del día en el que va a morir. Es 1986. La vista le resulta, por la fuerza de la costumbre, familiar. Ginebra. Un día claro en Ginebra. Comprende todas las lenguas humanas, hasta las extintas y las que aun están por inventarse, así que la adaptación en Ginebra no fue costosa. Creyó que era un buen lugar para retirarse. Pero no pudo retirarse, aun ni enterrándose en lo profundo de esa Europa que ama, pero ya no reconoce. Allí nació Otto Dietrich zur Linde, oficial nazi, encargado del campo de concentración de Tarnowitz. Borges lo conocía bien, hasta que lo mataron, por culpa de sus crímenes contra la humanidad, en el patio de una cárcel, antes de las nueve de la mañana. Debió ver un cielo como aquel. Borges nunca conoció en persona a Linde.

Me gustaría, con la magia tan terrena, tan rutinaria, de las palabras convertir esto en el final de un relato de Borges. De repente, aparece el narrador, aparece el mismo, el propio Borges se señala con el dedo y declara que todo aquello es una invención imposible, un reto que él mismo se ha impuesto y resulta ser incapaz de superar. Me gustaría salir yo y decir que, al igual que Aureliano y Juan de Panonia, somos lo mismo. No puedo, sin embargo. Consciente como soy de mi mortalidad, de mi humanidad, compararme como un ser alienígena como Borges sería una necedad.

Porque lo que hace Borges, en esos momentos donde se descubre el velo que escondía la narración, cuando muestra el trampantojo, es disimular. Disimula, como disimuló toda su vida, con esa cara de anciano, esos ojitos pequeños que se quedan ciegos paulatinamente, su propia historia. ¡Por supuesto que Averroes era incapaz de comprender el significado de tragedia comedia que aparecía en la Poética de Aristóteles! Fue a preguntarle al mismo Borges qué quería decir el heleno.

Y así sucede, constantemente, en Borges. Cuando parece que vas a descubrir su truco, su inmortalidad, aquella compartida con Marco Flaminio Rufo, desbarata todo para seguir oculto. Sacrifica la narración por su propio bien. Se enreda en laberintos con infinitas (catorce) puertas para que lo sigamos y nos perdamos con él. Conoce, y muy bien, el objetivo y el destino de Emma Zunz, pero lo escribe como si estuviese suponiendo. Ese dudar, ese aventurar que se muestra como humano, es una ficción en sí misma. No porque recreé un relato que nunca ha podido vivir, sino porque lo vivió, lo observó, lo sintió y ahora tiene que dotarlo de ficción para que se eternice. Si tan solo fuese una biografía, no legaría lejos.

No puedo saber cómo fue la mañana en la que murió Borges, si realmente lo hizo (cosa que varios de nosotros dudamos), porque tampoco quiero mitologizar un evento tan corriente, tan común. Siendo la muerte igual para todos, hablar de una muerte en particular es como hablar de todas. No tiene sentido, porque no es significativa. No puedo hacer lo que hace Borges porque yo no estuve allí, hecho crucial y fundamental para conjeturar. Él sí podrá hacerlo sobre mí, seguramente ya lo haya hecho, porque siempre ha estado, está y estuvo.

El infinito

Tengo pánico de envejecer delante de todo el mundo. Cuando miro las fotos de mis abuelos jovenes, no los reconozco. La transición entre la foto y la persona que tengo delante es tan brutal que soy incapaz de conectar los puntos. Son seres humanos distintos, que habitaron momentos distintos de la historia y comparten muy poco en común. Al menos de forma física. Pero nunca llegaré a conocer a mis abuelos.

Y me da pánico que no suceda lo mismo conmigo. Que la gente pueda ver, poco a poco, una transición sutil y fina, cómo me hago viejo. Con cada foto, con cada nueva palabra que dibujo en internet, cada vez que demuestro que sigo vivo, envejezco. Pienso en toda la gente que alguna vez he abandonado, que me he negado a ver o que ellos se han negado a volverme a mirar, por el motivo que sea, del más grave al más peregrino, pienso en esa gente observando mis fotos. Regocijándose en el paso del tiempo. De 2012 a este 2017. Poco a poco. Con un golpe de tecla, mis arrugas se perfilan, mi frente se vuelve cana, pierdo fuerza y ganas. Ellos manipulan el tiempo por mi. Yo no poseo, como sí lo hacen mis abuelos, esa capacidad. Nunca podré mirar atrás y pensar que hay algo allí que fue mio alguna vez. «Este era yo», decían. Pero yo solo puedo decir: «este soy yo».

Mi rostro no cambia bruscamente, se crea un lerp que provoca una fusión en el tiempo. Cada segundo es un segundo que se suma al segundo anterior. Cada momento desaparece, es absorbido por el contiguo. Todas estas capturas del tiempo fugitivo no son más que la certeza de que no hay tiempo posible, que no existe ya la fuga, que no se escapa nada, porque todo termina por permanecer.

Me hundo en esa idea, naufragio en ella: todas las personas que alguna vez he querido y ya no contemplando mi rostro, más ajado, un pergamino indescifrable, y jactándose por estar lejos. En la oscuridad, en la penumbra de la noche de mi recuerdo. Tengo la sensación de que son ellos los que drenan la vida que pierdo. Que si no estuviesen ahí, cavilando contra mi, yo podría ser eterno. La eternidad, la inmortalidad, el infinito, se encuentra en uno mismo.

Hacerse

Se hizo viejo en el trayecto. Ahí está, de pie, con el desamparo acentuando sus jóvenes arrugas. Aun es imberbe, pero con cada metro que el tren avanza, algo negro le invade el alma. Nota el cansancio de los años que han por venir. Es incapaz de dormir. Su estomago se revuelve, nota arcadas que no deberían estar ahí. Así que se pone de pie y camina por el escaso compartimento. Apenas puede dar un par de cortos pasos. Va hasta la ventana y vuelve, hasta la puerta. Y viceversa.

Avanza a la par que el tren. Se mueve a doscientos kilómetros por hora en cada paso, escueto, sobre un suelo enmoquetado. En el compartimento duermen otros dos hombres. No los conoce. A partir de ahora no conocerá a la gente que duerme junto a él, que camina junto a él, que vive y respira junto a él. No es capaz de concebir esto. La soledad absoluta. De donde viene, la soledad no es posible en un espacio abierto. Rodeado de gente, siempre dispuesta, siempre atenta. Es aterrador, sí, pero conocido. Empieza a abrazar esta sensación allí. ¿Qué opinará la gente que duerme? No lo oyen, sus pies descalzos, sus pasos amortizados, pero seguro que pueden sentirlo, esa sombra que vaga, rebotando, en apenas dos metros. La maleta encima de un catre sin deshacer.

Es de noche y las figuras a través de la ventana solo se adivinan. Árboles cercanos, montañas lejanas, comparte espacio en el marco férreo que se desdibuja, estirado y deformado por la velocidad. Todo son indicios, señales, premoniciones de lo que queda por venir. Pero es incapaz de leerlos. ¿Cómo podría? Aun no ha crecido lo suficiente como para aprender ese lenguaje, el de signos, que se muestra al observador atento. Está yendo hacia ese lugar.

En cada golpe, cada sacudida por las vías, envejece. Su carne se reseca. Su respiración se vuelve ronca, cansada. Ya no llega el aire a los pulmones como antes. Ya se cae el pelo de la cabeza, más oscuro y seco que antes. Su piel se agrieta, sus ojos escurecen. Pierde audición. Cuando se desarticula todo el entramado físico, la psique lo sigue. De repente dar otro paso más se convierte en una odisea. Qué sentido tendría, se pregunta. A dónde me va a llevar, prosigue. Para qué, concluye. Empieza a perder sentido hacer nada, seguir allí, de pie. Comienza a pensar no solo de forma práctica, sino por defecto. Hacer lo que se debe hacer a continuación. Signifique lo que signifique.

Los demás hombres siguen durmiendo. Debería hacer lo mismo. Aparta la maleta, ni siquiera la baja. Tampoco separa la sabana o la manta. Está fuertemente remetida bajo el raquítico colchón. Solo se tumba encima. Se queda dormido enseguida. Por fin sale el sol, tras una noche eterna, golpeándole en la cara y deslumbrando su sueño. No se despierta. El tren no parece llegar nunca.

Un cosmos

Abrí un libro de música esperando encontrarme letras, algo familiar. En su lugar, solo había partituras. Páginas y páginas de partituras. Ni una sola letra, nada a lo que poder atenerme, mi mirada naufragaba entre renglones que no significan nada para mi. Era frustrante y, a la vez, encontré una cierta calma ante aquello incognoscible, inaccesible para mi. Supongo que todo aquello significaba algo, pero no tenía forma de adivinar el qué. Vibraciones en el aire. Fórmulas matemáticas complejas. Ritmos y tiempos. Variaciones mínimas en cuerdas.

No me atrevería, no soy tan timorato, a pronunciarme respecto a si la música es un lenguaje. Desde luego, aquellas partituras, poco más que jeroglíficos, contenían un mensaje, una ideología, eran pedazos de información. Pero no sé si eso es lo que define el lenguaje. Tampoco su concreción, aunque no creo que haya situación alguna donde todos entendemos lo mismo con las mismas palabras. Con la música no sucede eso, está claro. Alguien llora, alguien ríe, alguien está impasible, sobrio, frente a este pentagrama. ¿Acaso no sucede lo mismo cuando hablamos? ¿Es hablar un lenguaje o es el habla una forma chabacana de destruir el lenguaje? Cuando entonamos, remarcamos palabras, dejamos frases a medias, uno puede llorar, otro reír, otro mantenerse sobrio. ¿Podrían existir partituras para el habla?

Me siento tranquilo cuando escucho otro idioma. Al fin y al cabo, todos nos comunicamos con menos de medio centenar de fonemas. Nuestro oído está más o menos preparado, como nuestra lengua, laringe y cuerdas vocales, para replicar estos fonemas. Pero he descubierto, al mirar esas partituras, idioma alienígena para mi, que hay formas de comunicación que no me había planteado. Quizá no existen aún. No sé si serán todas variaciones, me pongo platónico aquí, de la misma idea. Observar una partitura, mientras alguien a mi lado sí sabe interpretarla y comprenderla, me hace pensar que hay muchos mundos distintos. Y todos están en este.

La persona que está a mi lado, a la hora de observar esos libros, podría ser cualquier otra persona. Podrías ser tú o podría ser del otro lado del planeta. La partitura se entiende, se lee igual. Entonces me surgen más dudas: ¿por qué nuestro lenguaje, el hablar, varia de forma tan drástica? ¿Qué, cómo, quién, por qué se ha estandarizado la música? ¿Es, por lo tanto, peor o mejor? ¿Define más o menos? Si nuestro lenguaje crea, en cierta medida, el mundo que nos rodea, al igual que el mundo que nos rodea altera nuestro lenguaje, ¿qué mundo crea la música y por qué mundo es creada? Delante de mi había estanterías y estanterías, llenas de cajoneras donde se guardaban las partituras. Y yo observaba el cosmos.